El Velo de Isis #3

Marga Gil Roësset

Hace tres años, en las páginas de ABC Cultural del 7 de febrero de 1997, Blanca Berasátegui recuperó, desde el perfil humano y literario, la memoria de Margarita Gil Roësset, nacida en Madrid, el 1908 y fallecida en la misma ciudad en 1932. Dibujante y escultora, que, enamorada de Juan Ramón Jiménez, acabó suicidándose en plena juventud. En mayo del año 2000, el Círculo de Bellas Artes y con la comisaría de Ana Serrano -quien defendió la genialidad de esta artista-, produjo la primera exposición de Marga, mostrando dibujos (la mayoría, ilustraciones de cuentos) y esculturas que escaparon de la destrucción a que la joven sometió el conjunto de sus obras antes de su muerte.

La exposición testificaba la intensidad y variedad del mundo literario en que se desenvolvió la existencia de Marga, y confirma la sensibilidad enfermiza y la precocidad artística de la muchacha, siempre autodidacta, aunque, parece haber recibido algún consejo de taller por parte del pintor López Mezquita, así como algún influjo -en especial, en el Busto de Zenobia Camprubí, su mejor pieza- de Victorio Macho. En la ilustración, compaginaba modernismo y simbolismo, siguiendo otras veces el dibujo lineal del diseño sintético propio de la ilustración moderna de entreguerras. Y en su escultura, junto al carácter elemental, autodidacto, de algunas piezas, destaca su concepto fuertemente corporal, volumétrico, recio y sensual de lo escultórico, así como su facilidad para componer -Los primeros celos- y para modelar, apurando la forma -Cabeza de mujer-. Como escultora fue aceptada en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de 1930 y de 1932. De aquellas presencias públicas Bernardino de Pantorba no recoge mención ni comentario alguno. A nosotros nos llega apenas el perfume de unas facultades evidentes, junto al amargor del verbo del propio Juan Ramón: “Acaso creyó que no vivía a su gusto. ¡Quién puede hacer su gusto! ¡Quizás no podía realizar su obra! ¿Quién puede realizar su obra? Pero ella no quería términos medios. Y decidió con voluntad suprema, abreviar su vida”.

No lo leas ahora”. Fueron las últimas palabras que Marga Gil Roësset dijo a Juan Ramón Jiménez, en la casa del poeta en la calle Padilla, de Madrid, mientras dejaba sobre su escritorio una carpeta amarilla. Guardaba la revelación de su amor imposible por él, que la había llevado a una decisión fatal. Marga salió del despacho del escritor, fue a su taller, en el que había trabajado en los últimos meses, y destruyó todas sus esculturas, excepto un busto de Zenobia Camprubí, la esposa de su amado. “No lo leas ahora”… Abandonó el lugar para cumplir el destino que había previsto. Pasó primero por el Parque del Retiro; luego tomó un taxi hasta la casa de unos tíos en Las Rozas y allí se disparó un tiro en la sien.

Era el jueves 28 de julio de 1932. Ella tenía 24 años; él, 51. Ocho meses antes había conocido al poeta y a su esposa, con quienes entabló una sincera y afectuosa amistad. Pero en la joven pintora y escultora, a quien Juan Ramón y Zenobia llamaban “la niña”, también se desató en silencio una pasión amorosa no correspondida. Amenazadora. Hasta que ese amor colonizó toda su vida y la convirtió en tragedia.

Ese deseo lo plasmó con su letra angulosa en una de las hojas de la carpeta que entregó a Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Las escribió en las últimas semanas de ese verano. El autor le hizo caso. “No lo leas ahora”. Un poco de sombra cubrió su corazón para siempre. Un poco de luz salió de allí para su obra poética. Ese otoño del 32, él quiso rendirle homenaje publicando el manuscrito del diario de Gil, pero no pudo. En 1936, salió casi inesperadamente al exilio por la Guerra Civil. Ochenta y tres años después del suicidio de Marga Gil y de la voluntad de Juan Ramón Jiménez (JRJ), ese deseo del poeta se convierte ahora en realidad. Se titula Mara. Edición de Juan Ramón Jiménez y está editado por la Fundación José Manuel Lara. Suma un prólogo de Carmen Hernández-Pinzón, representante de los herederos de JRJ; un texto de Marga Clarck, sobrina de la artista, y escritos del poeta y su mujer sobre Marga Gil. Un relicario literario acompañado por facsímiles de las anotaciones de la escultora y varios de sus dibujos y fotos.

Amor, silencio, alegría, desesperación, amor. El desconcierto se plasma en la nota que la joven dejó a Zenobia Camprubí: “Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarse es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa… a mí al menos, pues así me ha pasado… lo he sentido cuando ya era… natural… que si te dedicaras a ir únicamente con personas que no te atraen… quitarías todo peligro… pero eso es estúpido”.

Esa confesión figuraba en aquel diario extraviado tantísimos años. Desde 1939, cuando tres asaltantes —Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís— robaron la casa de JRJ mientras se hallaba en el exilio. El poeta, quien ganaría el Nobel de Literatura en 1956, siempre estuvo inquieto por el destino de esos documentos. Siempre preguntaba por ellos a su gran amigo Juan Guerrero. Lo recuerda Carmen Hernández-Pinzón, hija de Francisco, sobrino del autor de Espacio y representante de sus herederos. Parte de ellos fueron divulgados en 1997 por el diario ABC. El suicidio de Gil afectó mucho a JRJ y a su esposa. “Los dos quedaron muy abatidos, y él no quiso escribir durante un tiempo. Nunca la olvidaron”, dice Carmen.

Ese “No lo leas ahora” es un asomo al amor que revitaliza la vida y, a su vez, esteriliza a quien no es correspondido, mientras vive de migajas secretas que son el triunfo de su existencia:

Dice así: “…Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan content… porque voy a tu lado”.

Ahora todos lo saben. Y ella fue más que ese feliz y fatal susurro amoroso. “Quiero que se la conozca como la genial artista que fue y sigue siendo. Muchas estudiosas y especialistas en las vanguardias del siglo XX han dedicado su tiempo a investigar su obra”, cuenta Marga Clarck. La publicación del diario le parece importante, ahora que la figura de su tía se empieza a reconocer. Confía en que sirva “para que ella pueda navegar sola porque su obra es muy potente. Y Juan Ramón quería que ella pasara a la historia como artista”.

El poeta lo sabía. Ese amor desconocido era parte feliz de su vida, aunque no lo pidiera. Era suyo, también. Un rincón de su casa lo inmortalizó. Tras la muerte de Marga, mandó hacer un aparador de roble sobre el que puso el busto de Zenobia esculpido por “la niña”. La cara del amor de su vida cincelada por la mujer que no soportó vivir sin él.

Contenido musical en orden de aparición:

Ernesto Halffter – Carmen (1926) extracto
Pastora Imperio – La bailaora (1922)
Tito Schipa – Rosalinda (1922)
Blanca Pozas y Coro – Todo el año es Carnaval (1927)
Azuley Blanco Marimba Band – Pájaro herido (1924)
Gustavo Pittaluga – La romería de los cornudos (1933) extracto